La editorial Planeta publicó Marrón cabeza, la autobiografía de Walter Lezcano, un libro en el que el escritor revisa escenas duras de su infancia, el vínculo con su madre y el lugar que tuvieron los libros en esos años. En ese recorrido aparece también un poema atravesado por una falta concreta: la casa propia que su madre nunca pudo tener. Lezcano cuenta además que escribió una novela, la mandó a un concurso con la ilusión de ganar para comprarle una vivienda, pero el resultado fue otro: no obtuvo ni una mención. Esa frustración queda unida en el libro a una frase tajante sobre la poesía.
El volumen reúne recuerdos personales, conversaciones familiares y fragmentos poéticos. A la vez, expone una historia cruzada por la violencia doméstica, la precariedad habitacional y una relación temprana con la lectura que, según el propio autor, se convirtió en refugio. Lezcano nació en Goya, Corrientes, llegó de bebé a Buenos Aires junto a su madre y más tarde vivió en distintos puntos del conurbano, antes de instalar esas experiencias en una obra que ya suma más de veinte títulos.
Dentro de los pasajes difundidos, uno de los más fuertes es el que resume la decepción de aquel concurso literario. Walter Lezcano escribió una novela y la presentó esperando que el premio le permitiera comprarle una casa a su mamá, pero ni siquiera logró una mención. La escena no aparece aislada: enlaza escritura, necesidad económica y una vieja preocupación familiar que vuelve una y otra vez en las páginas de Marrón cabeza.
Walter Lezcano vuelve sobre la casa que su madre nunca tuvo
En la autobiografía, el tema de la vivienda aparece como una preocupación constante dentro de la familia. Lezcano describe a su madre como parte de “esa generación que siempre soñó contener un suelo «donde caerse muerto»”. Esa idea, según cuenta, no era apenas un deseo material, sino una forma de entender la seguridad, la dignidad y el miedo a quedar a la intemperie frente a otros.
En ese marco se entiende el episodio del concurso. El autor relata que había escrito una novela con la expectativa de obtener un premio que sirviera para resolverle a su madre ese problema. Sin embargo, el resultado fue muy distinto. “Pero la novela estaba muy mal escrita y no gané ni una mención./ Mi vieja sigue anhelando su casa./ Y yo lo único que pude hacer por eso es escribir un poema./ La poesía no sirve para nada”. La cita concentra, en pocas líneas, el cruce entre deseo, impotencia y escritura.
Lezcano también marca una distancia con esa aspiración de ser propietario. En el libro dice que intentó no sufrir por no tener una vivienda propia, que no la buscó y que asumió con naturalidad que nunca iba a ser dueño de nada. Esa diferencia con la mirada de su madre, lejos de cerrarse en una discusión, termina empujando parte de su trabajo poético.
De esa tensión nació uno de los textos que el autor menciona de manera directa: “Mi vieja todavía no tiene casa”. Allí escribe: “Mi vieja todavía no tiene casa.\No es que viva en la calle\es que todavía no es dueña de ninguna de esas propiedades\que la gente llena de cosas inútiles\y les dice hogar.\Mi vieja alquila\y putea cada día de su vida\porque siente que tira la plata\que la desperdicia\que la regala”. El poema no corrige la realidad que describe, pero sí la deja expuesta con un tono seco.
La violencia familiar atraviesa Marrón cabeza y marca el relato
Otro eje central del libro es la violencia que rodeó parte de la niñez del escritor. Lezcano cuenta que la pareja de su madre, que no era su padre, la golpeaba “con cualquier excusa, en cualquier momento y de cualquier forma”. Después agrega que ese mismo hombre también le pegaba a él. La autobiografía no presenta esos recuerdos como escenas aisladas, sino como una marca persistente.
En uno de los pasajes, el autor intenta ponerle palabras al efecto de haber atravesado golpes desde muy chico. “Esa división configura tu matrix”, escribe al hablar de la diferencia entre quienes crecieron bajo esa violencia y quienes no vivieron algo parecido. En el libro, la experiencia aparece narrada como una huella que condiciona la forma de mirar el mundo y de recordar.
Años más tarde, Lezcano llevó una de esas escenas a otro poema. Se trata de “Larga distancia”, incluido en uno de sus libros anteriores, donde aparecen estos versos: “La vez que vi\cómo mi padrastro\arrastraba a mi vieja por el piso\y yo sabía que había un arma en la mesita de luz de él”. Esa imagen, recuperada ahora dentro de la autobiografía, refuerza el tono testimonial del volumen.
El relato incorpora además una conversación con su madre sobre aquel tiempo. Cuando él le pregunta “—¿Alguna vez te defendiste?”, ella responde con el recuerdo de un episodio en el que, después de recibir un cachetazo mientras tenía a su hija encima, dejó a la nena en la cuna, tomó un revólver y disparó. “Y le empecé a tirar. ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! Se revolcaba el tipo y nunca le enganché ni un tiro al hijo de puta. Rompí la puerta de la heladera, un ventanal, y el tipo escapó corriendo. «¡Te voy a matar, sorete!», le grité. Después vinieron todos sus familiares, porque vivían al lado, me sacaron el arma a la fuerza y al otro día volvió el tipo”.
Después, ante la pregunta sobre por qué tenía un arma, la madre contesta: “—Porque vivíamos en una zona muy peligrosa. Igual, vos ni te dabas cuenta porque te la pasabas en la calle. Ahí ya empezaste con la joda de callejear hasta tarde a cualquier hora”. El libro suma ese intercambio como parte de una reconstrucción familiar que, hasta entonces, según el autor, había quedado muchas veces en silencio.
El poema, la lectura y una infancia en casas precarias
Lezcano también vincula su acercamiento a los libros con ese clima doméstico opresivo. Dice que, durante “una parte” de su infancia, vivió en una casa que se había vuelto ajena y con un padrastro que “arrasaba con cualquier alegría”. En ese contexto se aferró a la lectura. “Fue amor a primera vista”, escribe, al recordar el comienzo de una relación que después sería decisiva para su vida literaria.
Más adelante aparece lo que llama “el primer mito” de su historia personal. Según un viejo relato de su madre, él aprendió a leer solo antes de empezar la primaria. El propio autor pone en duda esa escena y se pregunta cómo pudo haber ocurrido en una casa donde, de acuerdo con su descripción, no había biblioteca, libros ni lectores. Esa duda no invalida el recuerdo: más bien muestra el modo en que la memoria familiar mezcla certezas, huecos e interpretaciones.
Ese período está ubicado en una vivienda precaria de Morón, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Lezcano la define como una “casita mal hecha” con dos habitaciones, cocina, baño y patio. También precisa que eran “a principios de los ochenta”, cuando en la casa había radio y un televisor en blanco y negro, pero no celulares, internet ni televisores inteligentes.
Antes de esa etapa, según cuenta, había llegado con su madre desde Corrientes. Nació en Goya y arribó a Buenos Aires siendo bebé. Después vivieron en Rafael Calzada y Solano. En el perfil que deja ver la autobiografía, esa procedencia “bien de abajo” aparece ligada a una escritura capaz de ir “al centro de la ternura o al centro de la injusticia”.
El libro también registra el efecto emocional que tuvo para él volver a hablar con su madre sobre esos años. En un fragmento, relata: “Hice un par de cuadras por Combate de Los Pozos y cuando pasé la avenida Independencia me inundó una angustia impresionante desde el estómago hasta la garganta. ¿Me había tragado una bolsa de cemento y otra de cal sin darme cuenta? Un microsegundo después de esta sensación estallé en un llanto sin control. No me importó estar en una vereda transitada a plena luz de un día laboral. No tenía vergüenza, simplemente me dejé llevar por el momento de descarga y verdadera entrega al llanto”.
Además de Marrón cabeza, Walter Lezcano publicó más de veinte títulos. Entre ellos figuran Calle, Fractura expuesta, Rejas, Un millón de latitas y Luces calientes. También editó los ensayos La ruta del sol: la trilogía de Él mató a un policía motorizado, Días distintos: la fabulosa trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro, Por qué escuchamos a Lou Reed y La belleza del ruido: una aproximación al viaje de Suárez y Rosario Bléfari, además de libros de poesía como 23 patadas en la cabeza, Humo, El condensador de flujo, La velocidad de la sangre, La conquista del desierto, La lucha armada y ¿Sueñan los ricos con la sangre de los pobres?.

