Siestas cortas y cerebro: qué beneficios muestran los estudios

Investigaciones en España, Reino Unido y Singapur analizaron cómo las siestas cortas pueden influir en la salud física y mental.

Las siestas cortas aparecen asociadas con beneficios para la salud y el cerebro, según distintas investigaciones citadas por el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, conocido como NIH. Los trabajos revisados señalan que dormir durante 30 minutos o menos puede vincularse con mejor presión arterial, alivio de la somnolencia y un mejor desempeño mental. En cambio, cuando ese descanso se extiende más tiempo, varios estudios lo relacionaron con señales menos favorables, como hipertensión, obesidad y niveles altos de glucosa en sangre.

La información surge de estudios publicados en revistas científicas como Obesity y Sleep Health. Aunque los investigadores remarcaron que todavía falta sumar más evidencia, coincidieron en que la duración de la siesta puede hacer una diferencia importante. También advirtieron que influyen otros factores, entre ellos los hábitos de sueño, la alimentación y ciertas características de cada persona.

Siestas cortas y beneficios en la presión arterial

Uno de los trabajos citados por el NIH se hizo en España con más de 3.200 adultos. En ese grupo, cerca de un tercio dijo que dormía siesta de manera habitual, con una frecuencia de cuatro días por semana. A partir de ese análisis, los investigadores detectaron que quienes descansaban 30 minutos o menos tenían un 21% menos de probabilidades de presentar hipertensión arterial en comparación con quienes no dormían siesta.

Ese mismo estudio mostró una diferencia clara cuando el descanso superaba la media hora. En esos casos, la investigación encontró un mayor índice de masa corporal, más chances de registrar presión arterial alta, niveles de glucosa más elevados y una circunferencia de cintura más amplia.

Además, los autores del trabajo señalaron que algunos hábitos podían ayudar a explicar esos resultados. Entre ellos mencionaron las comidas abundantes, el tabaquismo y la costumbre de acostarse tarde. Por eso, el estudio no tomó la duración de la siesta como un único elemento aislado, sino como parte de un conjunto de conductas diarias.

Cerebro y descanso diurno: qué hallaron en Reino Unido

Otra investigación, publicada en Sleep Health por University College de Londres, puso el foco en la relación entre la siesta y la salud cerebral. Para ese trabajo se usaron datos genéticos de más de 378.000 personas del Biobanco del Reino Unido.

Según los resultados, la predisposición genética a dormir siestas quedó vinculada con un mayor volumen cerebral total. De acuerdo con los autores, esa medida podría contribuir a reducir el riesgo de demencia y de otras enfermedades neurodegenerativas.

El estudio indicó que las personas con esa predisposición presentaban un volumen cerebral comparable al de alguien entre 2,6 y 6,5 años más joven. De todos modos, la investigación no encontró diferencias significativas en otros indicadores de salud cerebral, como el volumen del hipocampo y la velocidad de procesamiento visual.

La doctora Victoria Garfield, autora principal de ese trabajo, señaló en la página de la universidad que las siestas cortas podrían ser una pieza importante para cuidar la salud del cerebro con el paso del tiempo. Al mismo tiempo, los investigadores aclararon que la mayoría de los participantes era de ascendencia europea, una limitación que reduce el alcance de los resultados al momento de aplicarlos a otras poblaciones.

Qué pasa con la memoria, el ánimo y otros beneficios

En el plano cognitivo, el NIH explicó que este tipo de descanso puede bajar la somnolencia acumulada durante el día y favorecer funciones ejecutivas, incluida la memoria de trabajo. Ese efecto fue relacionado con la regulación de la presión homeostática del sueño, un mecanismo impulsado por la acumulación de adenosina en el cerebro.

Otro estudio, realizado en Singapur y publicado por Oxford Academy, comparó siestas de 10, 30 y 60 minutos para medir su impacto sobre el estado de ánimo, la alerta y la memoria. Allí, la siesta de 30 minutos mostró la combinación más conveniente entre ventajas cognitivas y baja aparición de efectos al despertar, como la llamada inercia del sueño.

Los autores observaron que dormir media hora mejoraba de manera significativa la codificación de la memoria y el estado de ánimo positivo hasta cuatro horas después de despertarse. Las siestas de 60 minutos también mostraron efectos favorables, aunque estuvieron acompañadas por un mayor riesgo de somnolencia inmediata al terminar el descanso.

En conjunto, los estudios citados por el NIH indicaron que tanto la duración de la siesta como el momento del día en que se realiza pueden influir en la salud física y cognitiva. Los investigadores coincidieron en que todavía hace falta más evidencia para precisar cómo inciden variables como el horario del descanso y las características individuales de cada persona.

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