El abogado salteño Pablo Chalcoff, que viajó como voluntario y turista, pasa estos días entre sirenas, refugios antibombas y protocolos de emergencia en el kibutz Hanita, en el extremo norte de Israel, muy cerca de la frontera con Líbano. Desde esa comunidad agrícola relató cómo se transformó la rutina desde el fin de semana, cuando se intensificaron los ataques con misiles vinculados al conflicto que involucra a Israel, Estados Unidos e Irán, y cómo esa situación también complicó su regreso a la Argentina, con vuelos suspendidos y sin fecha clara de normalización.
Fin de semana de búnkers y alarmas para el salteño en Israel
El salteño Pablo Chalcoff llegó a Israel el 14 de febrero con un plan tranquilo: visitar amigos, ayudar en tareas comunitarias y aprovechar para hacer turismo. Sin embargo, el panorama cambió fuerte a partir del sábado, cuando los bombardeos y alertas se volvieron constantes en el norte del país. Allí se instaló en el kibutz Hanita, una granja comunitaria ubicada en una zona considerada sensible por su cercanía con Líbano.
Según contó, el fin de semana lo pasó prácticamente pegado a los refugios. En una de las jornadas debió permanecer varias horas dentro de un búnker junto a un amigo y los hijos de este, de 14, 15 y 10 años. Llamó la atención la calma de los chicos, que, de acuerdo con su testimonio, parecían más pendientes de dormir o jugar que del ruido de las explosiones, algo que atribuyó a la experiencia acumulada por vivir desde hace tiempo bajo amenaza de ataques.
El kibutz Hanita se encuentra en el extremo norte israelí, a pocos kilómetros del mar Mediterráneo y casi sobre la línea limítrofe con Líbano. A unos 45 kilómetros está Haifa, uno de los puertos más importantes del país. Desde ese punto del mapa, Chalcoff observa el paso de los misiles balísticos lanzados desde Irán hacia zonas pobladas, algo que vincula con las dimensiones reducidas del territorio israelí, al que describió como “más chico que Tucumán”. En su evaluación, el salteño considera que el foco de Irán está puesto en la población civil, mientras que Israel y Estados Unidos apuntan a blancos militares y depósitos de misiles.
Una rutina organizada alrededor de sirenas, refugios y sistemas de defensa
Con el recrudecimiento de las hostilidades, la dinámica diaria en la región de Hanita quedó prácticamente paralizada. Desde el sábado, detalló, se suspendieron las clases, los comercios dejaron de abrir, el transporte público se detuvo y se cancelaron reuniones o actividades con mucha gente para evitar riesgos adicionales. Para Chalcoff, se atraviesa “el momento más álgido” y el mensaje que circula entre los habitantes es claro: permanecer cerca de los refugios porque los ataques son repetidos.
La vida cotidiana para este salteño en Israel se fue acomodando a un esquema de alertas y respuestas cronometradas. Explicó que, cuando se detecta el disparo de misiles desde Irán o desde el sur de Líbano, donde actúan grupos como Hezbollah, se activan sirenas tanto en los celulares como en la vía pública. Desde ese instante, las personas tienen apenas unos minutos para llegar a un lugar seguro. Según describió, en la sociedad local hay una aceptación de esa dinámica, ya que llevan más de dos años bajo ataques provenientes de hutíes, fuerzas iraníes y Hezbollah.
Las detonaciones que genera la defensa aérea también se volvieron parte del paisaje sonoro diario. Chalcoff indicó que se escuchan seguido los estruendos de las interceptaciones realizadas por el sistema “Cúpula de Hierro”, acompañado por otros dispositivos como “Flecha”. De acuerdo con su relato, más del 90% de los misiles serían neutralizados por esos sistemas, aunque cada impacto deja temblores y ruidos que generan ansiedad entre quienes están en los refugios.
Defensa preparada y reacción de la población civil
Pese al contexto de tensión, el abogado salteño remarcó que se siente contenido por la infraestructura disponible. Señaló que se encuentra “en un país preparado para la guerra”, con sistemas de defensa desarrollados y refugios distribuidos por todas partes. Donde él se aloja hay un refugio dentro de la vivienda, mientras que en las ciudades funcionan espacios comunitarios diseñados para emergencias.
Ese nivel de organización se nota también en la conducta de la población civil, según el testimonio que envió desde Israel. Contó que la gente respeta las indicaciones oficiales y no se ve desborde social ni compras masivas en los supermercados. No se registra una “locura” por acaparar productos, sino una actitud marcada por la rutina de saber cómo actuar en situaciones extremas. En ese clima, ver a los chicos con cierta tranquilidad ante las alarmas, dijo, termina generando un poco más de calma entre los adultos.
Recuerdos de otra guerra, vuelos suspendidos y familia esperando en Salta
La situación actual le trajo a la memoria otra experiencia bélica que vivió de joven. Su primer viaje a Israel fue en diciembre de 1990 y, el 16 de enero de 1991, con 17 años, le tocó atravesar el inicio de la Guerra del Golfo. En ese entonces también tuvo que correr a los refugios ante los ataques ordenados por Saddam Hussein contra territorio israelí luego de los bombardeos de Estados Unidos. Para Chalcoff, aquella vivencia lo ayuda hoy a saber cómo reaccionar, aunque no deja de describir el cuadro como inquietante.
El nuevo capítulo del conflicto también alteró por completo sus planes de vuelta a la Argentina. Tenía pasaje para regresar el 11 de marzo, pero, según relató, los vuelos se encuentran suspendidos al menos hasta el 7 de marzo y todavía no hay información precisa sobre cuándo se retomarán con normalidad. Por ahora, aseguró, le queda esperar novedades de las aerolíneas y seguir atento a los anuncios oficiales sobre la situación aérea.
En Salta lo esperan su familia y sus hijos pequeños. Contó que ellos todavía no conocen en detalle las condiciones en las que se encuentra en el norte de Israel. Prefiere no darles demasiada información para evitar que se asusten, mientras aguarda que el escenario se calme y pueda subirse a un avión de regreso. Mientras eso no ocurre, sus días continúan marcados por alarmas, movimientos rápidos hacia los refugios y el cumplimiento estricto de los protocolos de seguridad establecidos en el kibutz Hanita.

