Una psicóloga especializada en clínica analizó el fenómeno therian en adolescentes y jóvenes que se definen como animales y no como personas, y lo describió como un cuadro ligado a conflictos serios en la construcción de la identidad. Según su mirada profesional, no se trata de una elección libre ni de una identidad armada de forma saludable, sino de una autopercepción que choca con la realidad y que refleja sufrimiento psíquico. Además, marcó el peso de las infancias con carencias afectivas, la falta de límites y el impacto de las redes sociales.
Therian y salud mental: un síntoma, no una moda
Desde su práctica clínica, la psicóloga Andrea D’Abate sostuvo que el auge de los llamados therian, chicos que se autoperciben animales, encuadra dentro de un problema de salud mental y no solamente como una tendencia juvenil más. Aclaró que, bajo su criterio, no se trata de una simple búsqueda de estilo o de una forma simbólica de expresarse, sino de algo mucho más profundo vinculado con la identidad.
La especialista explicó que, cuando una persona se convence de que es algo distinto de lo que efectivamente es, aparece “un indicador claro de conflicto psíquico que merece atención”. En este caso, detalló que el punto crítico se da cuando la autopercepción no solo se distancia de la realidad, sino que directamente la niega, lo que para ella deja de ser un proceso sano y pasa al terreno de lo patológico.
D’Abate diferenció entre percepción y autopercepción. Señaló que la percepción “está anclada en la realidad” y se apoya en lo que registran los sentidos para ubicarse en el mundo, reconocer el propio cuerpo y saber dónde se está. La autopercepción, en cambio, la ubicó mucho más cerca “del plano del imaginario”, donde la persona arma una idea de sí misma que puede no coincidir con lo real.
El conflicto, insistió, surge cuando ese imaginario se instala por encima de la realidad. En ese punto, en vez de servir como espacio creativo o simbólico, “reemplaza y borra lo real”, lo que se vuelve problemático en la vida cotidiana. Para la psicóloga, ese desfasaje es clave para entender por qué el fenómeno therian no puede leerse solo como una curiosidad de redes.
Qué implica que un joven se viva como animal y no como humano
Al describir el fondo del fenómeno therian, D’Abate remarcó que cuando alguien se afirma como animal y reniega de ser humano se da una especie de borramiento de la propia condición. Según indicó, esto conlleva un rechazo del cuerpo, de la historia personal, de la familia y del lugar que cada uno ocupa en la sociedad.
La profesional recalcó que en estas conductas no se juega, principalmente, un tema estético ni un simple disfraz para divertirse. A su entender, aparecen señales de “un quiebre profundo en la identidad y en el reconocimiento de la realidad”. Por eso definió el fenómeno como un signo clínico antes que como una identidad construida en forma estable.
“Para mí es un síntoma claro de sufrimiento, de desesperación y de una herida psíquica profunda”, afirmó. Añadió que “nadie que esté en paz con su identidad necesita dejar de ser humano para sentirse mejor”, vinculando el fenómeno con historias previas de dolor que, según ella, suelen estar presentes detrás de estos casos.
En esa línea, mencionó que suelen aparecer “historias de dolor, abandono emocional, carencias afectivas y familias que no lograron contener ni poner límites”. Relacionó el crecimiento de conductas therian con infancias en las que los chicos no se sintieron cuidados ni sostenidos de forma clara por sus adultos de referencia.
Infancia, límites y refugio en el “mundo therian”
D’Abate le dio un lugar central a las experiencias tempranas. Explicó que “la identidad se construye desde la infancia, en el vínculo con los padres, con la familia y con los adultos de referencia”. Cuando ese entorno falla y un niño no se siente reconocido, protegido ni ubicado en un lugar definido, queda “a la deriva”, expresó.
En ese contexto, la psicóloga señaló que muchas veces “aparece la fantasía como refugio frente a una realidad que duele”, y que construcciones como las del universo therian pueden funcionar como un intento de compensar el vacío afectivo. Sin embargo, aclaró que, aunque esa fantasía alivie en el corto plazo, no resuelve los conflictos de fondo y puede profundizar la desconexión con la realidad.
Consultada por el lema “dejalo ser” aplicado a niños y adolescentes, la profesional advirtió que es “una consigna peligrosa cuando se aplica sin responsabilidad”. Indicó que no todo lo que circula en la cultura es automáticamente sano y recordó que los chicos y chicas todavía “no tienen una identidad madura ni herramientas psíquicas para decidir solos”. Según su análisis, confundir libertad con ausencia total de límites se convierte en “una forma de abandono encubierto”.
El rol de las redes, un episodio en un hospital de mascotas y la reacción social
La psicóloga también se detuvo en el impacto de internet y las pantallas en la expansión de la cultura therian. Evaluó que la influencia de las redes sociales y del uso intensivo de dispositivos electrónicos es “enorme”, porque aparecen chicos “hiperconectados a pantallas y completamente desconectados del vínculo humano real”.
Para D’Abate, la falta de charla cara a cara, de contacto directo y de actividades compartidas con otros debilita la identidad. Ese debilitamiento, sostuvo, “favorece la confusión y la huida de la realidad”, ofreciendo terreno fértil para que propuestas como la de identificarse como animal se vuelvan atractivas para algunos adolescentes en búsqueda de pertenencia.
La profesional mencionó además situaciones recientes vinculadas con este fenómeno therian. Recordó un episodio registrado “días atrás” en un hospital de mascotas de la ciudad, donde personas que se identifican como animales pidieron ser atendidas igual que los pacientes veterinarios. Frente a la consulta sobre si ese tipo de situaciones puede generar conflictos con otros sectores de la sociedad, respondió que esas tensiones “ya están ocurriendo”.
“Si una persona cree sinceramente que es un animal, estamos ante un serio problema de salud mental”, aseguró. Señaló que la dificultad se agrava cuando esa confusión “invade espacios que no le corresponden”, lo que termina desencadenando enojo, rechazo e intolerancia en parte de la comunidad.
Mirada religiosa, validación social y llamado a los padres
En el plano religioso, D’Abate comentó que el tema therian llegó incluso a una misa en la Catedral, donde el sacerdote Lucio Acaya habló de la “cultura de los therians” y advirtió: “Obedecemos a la cultura y no todo lo cultural es bueno”. La referencia exhibe cómo el debate traspasó el ámbito clínico y se coló en otros espacios de la vida pública.
Respecto de la reacción del entorno, la psicóloga consideró que la validación social “agrava este escenario”. Desde su óptica profesional, “validar algo patológico como si fuera normal es profundamente dañino”, porque “no ayuda a la persona, la hunde más en su desconexión con la realidad” y hace que la sociedad “termine sosteniendo una ficción que perjudica tanto al individuo como al tejido social”.
Consultada sobre qué pueden hacer los padres que observan señales therian o conductas similares en sus hijos, recomendó no minimizar ni mirar para otro lado. Sugirió acompañar de cerca, marcar límites firmes y buscar ayuda profesional cuando haga falta. También remarcó la necesidad de que los adultos revisen su propia historia emocional, al señalar que “un padre o una madre heridos, que no han sanado, difícilmente puedan acompañar de manera sana a un hijo”.
En cuanto a las intervenciones posibles, destacó la utilidad de los tratamientos psicológicos. Afirmó que “la terapia no es un espacio de enfermedad, sino de construcción de identidad” y la describió como un ámbito donde cada persona puede preguntarse “quién es, qué le pasa y qué necesita”, siempre con el acompañamiento de “profesionales de la salud formados y responsables, no con improvisados”.
Al sintetizar su postura, D’Abate señaló como eje “no normalizar lo que no es normal” y remarcó que, para ella, aceptar la realidad es “el primer paso para una verdadera libertad”, proceso que, según indicó, empieza en la familia, en la contención, en los límites y en la salud mental de los adultos a cargo.

