El recorrido de Mariano Ojeda, el cirujano infantil que llevó operaciones gratuitas a África

El jefe de cirugía infantil del Castro Rendón participó en campañas médicas en Angola junto a su padre y luego por su cuenta.

Mariano Ojeda, jefe de un equipo de cirugía infantil en el Hospital Provincial Doctor Castro Rendón de Neuquén, realizó tres viajes a África para operar sin costo a chicos con labio leporino y otras malformaciones congénitas. Las campañas se hicieron en Angola, primero junto a su padre, Aníbal Ojeda, y después solo. Entre las distintas misiones participaron en intervenciones a más de 100 pacientes y también en la formación de médicos locales. La experiencia, según contó el propio profesional, nació a partir de un caso puntual y luego creció hasta convertirse en una tarea médica más amplia.

Detrás de esos viajes hubo una historia larga de hospital, guardias, formación y trabajo compartido entre padre e hijo. Ojeda estudió Medicina en Córdoba, se especializó en cirugía pediátrica y pasó por La Rioja, Francia y Neuquén antes de llegar a Angola. Ya instalado en el sur del país, armó un equipo dedicado al abordaje del labio leporino, una tarea que después terminaría conectándolo con África. “Mi historia es la historia de mi viejo. Somos iguales, lástima que yo no tengo hijos”, resumió.

Mariano Ojeda encontró en África una tarea que nació de un caso puntual

La llegada de Mariano Ojeda a Angola no fue parte de un plan armado con mucha anticipación, sino la respuesta a una necesidad concreta. Durante un congreso de cirugía infantil, le comentaron la situación de un nene de 2 años, hijo de la directora de un hospital angoleño, que tenía labio leporino y no encontraba resolución médica. A partir de ese contacto, Ojeda recibió imágenes del paciente y empezó a evaluar alternativas.

En un primer momento, la idea era que el chico viajara a Neuquén para la operación. Sin embargo, ese camino no avanzó por trabas burocráticas. Entonces apareció otra posibilidad: ir ellos hasta Angola. La propuesta salió de su padre, Aníbal Ojeda. Mariano recordó ese momento con una frase simple: “Me dijo, ‘¿Y si vamos?’ Le contesté ‘Bueno, vamos’, sin pensar. La verdad que fue una locura”.

Así fue como a mediados de 2019 los dos viajaron a Luanda, capital de Angola. Allí los recibió una médica angoleña formada en la Argentina, que los acompañó durante la estadía. Después se trasladaron a Luena, donde vivía el nene que había originado la misión. Según relató Mariano, se trataba de una zona muy pobre, con un hospital que tenía buena infraestructura gracias a donaciones europeas, aunque con falta de médicos.

La primera cirugía se hizo sin complicaciones. Pero una vez en el lugar, padre e hijo advirtieron que había muchos más chicos con malformaciones congénitas que necesitaban atención. Frente a esa situación, pidieron autorización para intervenir otros casos. “Vimos a un montón de niños que tenían malformaciones congénitas, y preguntamos si podíamos operarlos. Nos dejaron, y así intervenimos a 19 más”, contó. Esa primera campaña cerró con 20 cirugías.

África volvió a cruzarse en su camino y las campañas crecieron con más alcance

Después de ese primer viaje, la experiencia no quedó aislada. A principios de 2020, la misma médica angoleña volvió a convocarlos para una tarea de mayor escala. El proyecto, de todos modos, debió esperar por la pandemia de covid. Recién en 2022 pudieron regresar a Angola para una segunda misión, otra vez con foco en niños con labio leporino y otras malformaciones.

En esa nueva etapa ya no se trató solamente de operar pacientes. También hubo un componente de capacitación para profesionales del lugar, con el objetivo de que pudieran continuar ese trabajo en forma local. Durante esa segunda visita se realizaron 48 cirugías. Para Mariano Ojeda, ese viaje tuvo además una carga personal muy fuerte: fue la última vez que trabajó con su padre, que ya estaba enfermo.

Con esa sensación, decidió guardar una imagen del saludo entre ambos. Más adelante, según relató, supo que los médicos capacitados en Angola durante esa instancia habían concretado 2000 cirugías infantiles en 2025. Ese dato le permitió dimensionar el efecto que tuvo el entrenamiento brindado durante la misión, más allá de las operaciones hechas en esos días.

Ese mismo año volvió a ser convocado para seguir con la formación del equipo angoleño. Esta vez viajó sin Aníbal. “Mi viejo no pudo ir por una enfermedad”, explicó. También cambió otro punto importante: fue la primera oportunidad en la que no debió hacerse cargo por completo de los gastos, ya que el trabajo estuvo financiado por el Gobierno de Angola.

En esa tercera campaña alcanzó la mayor cantidad de intervenciones de labio leporino que había realizado en una sola misión: 68. El trabajo se desarrolló con apoyo de profesionales africanos, ya con una estructura diferente de la que había encontrado en el primer viaje.

La formación de médicos locales fue otra parte central del trabajo en Angola

Además de las operaciones, Mariano Ojeda marcó que uno de los ejes más importantes de su paso por Angola fue la enseñanza. En la segunda y tercera misión colaboró en la preparación de médicos del lugar para que pudieran resolver este tipo de casos sin depender siempre de equipos llegados desde afuera. Esa transferencia de conocimientos fue ganando peso con el tiempo.

De hecho, el propio cirujano señaló que no considera terminada su relación con ese país africano. Aunque por ahora frenó los viajes, dejó en claro que mantiene en mente otra misión. “Quiero llevarles la laparoscopia”, dijo al hablar de una posible nueva etapa de cooperación médica.

La historia de Mariano Ojeda empezó mucho antes, con su padre como referencia permanente

Para entender por qué Mariano Ojeda terminó viajando a África, hay que mirar bastante más atrás. Su vínculo con la medicina viene de la infancia y está atravesado de punta a punta por la figura de Aníbal Ojeda. Sus padres, Aníbal Ojeda y María Esther Buteler, ambos médicos cordobeses, se habían instalado en La Rioja a mediados de la década de 1970 por una oportunidad laboral en el hospital Presidente Plaza, hoy Enrique Vera Barros.

En noviembre del 76 volvieron a Córdoba únicamente para el nacimiento de Mariano y luego retomaron su vida en La Rioja. En esa provincia creció el hoy cirujano infantil, en una rutina atravesada por hospitales, quirófanos y recorridos por el interior. Aníbal había empezado como médico de adultos, pero con el tiempo se enfocó en los niños y se transformó en un referente en cirugías de malformaciones congénitas.

Su tarea no se limitaba al hospital. En sus tiempos libres salía en auto hacia zonas del interior riojano para buscar pacientes que necesitaran atención y los operaba de manera gratuita. Mariano contó que en sus primeros años su padre llegó a intervenir a más de 8000 chicos. Ese ritmo de trabajo fue también el ambiente en el que se formó desde muy chico.

“Sabía lo que era un quirófano antes de aprender a andar en bici”, recordó. También relató que, cuando tenía 6 años, fue operado de apendicitis por su propio padre y que para entonces ya conocía el procedimiento. Al hablar de lo que recibió de cada uno en su casa, hizo una distinción precisa: “Mi viejo me hizo médico y mi mamá, persona”.

De La Rioja a Neuquén, el camino profesional que después lo conectó con África

Mariano Ojeda se recibió de médico en 2002, cuando tenía 25 años. Ese mismo año entró como residente en el Hospital Infantil de Córdoba. Allí eligió la cirugía pediátrica, una decisión que, según explicó, estuvo directamente vinculada a la influencia de su padre. “Fue mi viejo quien me inculcó el amor por el quirófano. Me ayudó a acelerar los tiempos, porque él atendió adultos y recién después se pasó a chicos, mientras que yo directamente empecé con niños”, señaló.

En 2007 regresó a La Rioja con la intención de compartir trabajo con Aníbal. En esa etapa conoció de cerca la Fundación Rioja, impulsada por su padre para atender a chicos con malformaciones congénitas que no podían pagar una cirugía. También incorporó en el hospital Vera Barros una técnica que hasta ese momento no se usaba allí. Pero ese avance se frenó por limitaciones materiales. “Llevé la laparoscopia a La Rioja, y los directores estaban muy contentos conmigo. Pero al segundo año, empecé a pedir herramientas mejores, y no me las daban. Sentía que no podía avanzar y me empecé a preocupar”, afirmó.

Frente a esa situación consiguió un intercambio para ir a Saint-Étienne, en Francia, donde siguió su perfeccionamiento. Más tarde volvió a La Rioja para trabajar otra vez con su padre, hasta que surgió una nueva oportunidad. Durante un congreso, personas vinculadas a Neuquén se interesaron por su perfil y lo citaron para una entrevista en el Hospital Provincial Doctor Castro Rendón.

Viajó acompañado por Aníbal y recibió la confirmación del puesto cuando estaba regresando. “Había tres personas más, así que no era seguro que quedara. Pero a la vuelta, mientras regresábamos, me avisaron que había sido seleccionado. Mi viejo enseguida me dijo ‘Andate a Neuquén, yo no te puedo ofrecer lo que te ofrecen allá’”, recordó.

Ya instalado en Neuquén, un directivo del hospital le planteó la necesidad de organizar un abordaje específico para chicos con labio leporino. De ese pedido surgió un equipo multidisciplinario que Ojeda armó y que todavía conduce. Ese trabajo fue, con el paso del tiempo, la base que lo conectó con Angola y con las campañas realizadas en África.

En la actualidad, mientras se acerca a los 50 años, mantiene dos ejes centrales de actividad. Por un lado, sigue al frente del equipo en el Hospital Provincial Doctor Castro Rendón. Por otro, asumió como presidente de la fundación creada por su padre. Además, contó que también recorre por su cuenta el interior para atender a personas con menos acceso a tratamientos. Sobre Angola, sostuvo que la etapa de viajes está en pausa, aunque dejó abierta la posibilidad de una nueva misión y afirmó: “Quiero llevarles la laparoscopia”.

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