Ricardo tiene 79 años y, aunque es jubilado, recorre de lunes a viernes las calles de Ramos Mejía para vender empanadas, quesos, matambres y embutidos. Los sábados y domingos instala un puesto de flores en Saavedra y Avenida de Mayo. Junto a Mari, su pareja desde hace 27 años, busca sobrevivir con esos ingresos y cubrir un alquiler cercano a $600.000 mensuales. La pareja vive en un departamento de dos ambientes y asegura que no tiene margen para darse ningún lujo.
Durante una salida en vivo con la periodista Paula Bernini, Ricardo contó que hace gran parte de sus trayectos caminando y también utiliza colectivos. Su recorrido incluye la calle Arieta, hasta Venezuela, en ambos sentidos, además de la zona de la Clínica Don Bosco de Ramos Mejía.
La venta ambulante comenzó luego de su jubilación, hace más de ocho años. “Me jubilé y ahí empecé a trabajar como nunca”, recordó el hombre, quien continúa con esa actividad mientras le resulta posible. “Por ahora lo puedo hacer”, afirmó.
La tarea diaria de un jubilado para sostener los gastos
Ricardo debe vender entre 30 y 60 empanadas por jornada, según los pedidos y el horario. Lleva los productos en una canasta y ofrece variedades de carne, pollo y jamón y queso, con un precio de $2.500 por unidad.
Además de las empanadas caseras, suma quesos, embutidos y matambres que provienen de Suipacha. La cantidad que logra colocar cada día no es fija, ya que depende de los encargos que reciba y del movimiento en los lugares por donde pasa.
Los fines de semana modifica su rutina. Los sábados por la tarde y los domingos por la mañana deja la canasta de comidas para atender el puesto de flores ubicado en la esquina de Saavedra y Avenida de Mayo.
El trabajo compartido con Mari desde temprano
Mari comienza su jornada a las 6.30 para cocinar los productos que Ricardo sale a vender. Ella prepara las empanadas en el horno antes de que él inicie el recorrido por Ramos Mejía.
Ricardo remarcó que el emprendimiento depende de esa tarea conjunta. “Sin ella no lo podría hacer. Imposible”, dijo al referirse a Mari, con quien convive en un departamento de dos ambientes y sin mascotas.
La pareja organiza sus días alrededor de la producción, la venta de alimentos y el puesto de flores. Esas actividades conforman los ingresos con los que afrontan el alquiler y el resto de los gastos cotidianos.
El alquiler, las deudas y una cuenta que llega ajustada
El alquiler se acerca a los $600.000 por mes y Ricardo reconoció que no siempre puede abonarlo en fecha. Sin embargo, explicó que cumple con el pago, aunque sea después del vencimiento. “Siempre pago atrasado, pero pago”, sostuvo.
Según relató, tanto los propietarios del departamento como la inmobiliaria conocen la situación económica que atraviesa junto a Mari. “Saben que somos pagadores seguros”, expresó al hablar de la relación que mantienen con quienes les alquilan la vivienda.
Cuando las ventas no alcanzan, debe recurrir a personas cercanas. “A veces tengo que pedir auxilio a algún amigo, a algún pariente”, contó. Sus hijos viven lejos y, de acuerdo con su relato, también atraviesan sus propias dificultades.
Al describir cómo consiguen llegar a fin de mes, Ricardo apeló a una expresión que consideró antigua: “A los saltos por un bizcocho, como se decía. Pero llegamos”. Sobre los gastos personales junto a Mari, afirmó: “No nos damos lujos. No nos podemos dar ningún lujo”.

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