A 91 años de la muerte de Carlos Gardel, su paso por el primer mundial vuelve a escena

El cantor compartió noches de tango con jugadores rioplatenses antes de la final disputada en Montevideo.

A 91 años de la muerte de Carlos Gardel, una parte menos difundida de su vida vuelve a tomar fuerza: su presencia cerca del primer mundial de fútbol, disputado en Montevideo en 1930. El cantor, ya convertido en una figura enorme del Río de la Plata, visitó a los planteles de Argentina y Uruguay antes de la final, compartió guitarreadas y evitó elegir una camiseta. Ese cruce entre tango y pelota quedó registrado en testimonios, crónicas y recuerdos de jugadores que participaron del torneo organizado por la FIFA.

La historia aparece en un punto donde se mezclan memoria popular, documentos y fútbol. Gardel no fue un simple curioso que pasó por Uruguay durante el campeonato. Según la reconstrucción del investigador Walter Santoro, presidente de la Fundación Internacional Carlos Gardel, el artista se movía entre Buenos Aires y Montevideo mientras cumplía con una agenda cargada de actuaciones, pero aun así se hizo tiempo para visitar a los equipos que terminarían jugando el partido decisivo.

El dato llama la atención porque, en aquel invierno de 1930, el fútbol todavía estaba lejos del negocio global que se conoce hoy. Las 13 selecciones participantes llegaron a Montevideo en barco, los entrenamientos eran básicos y los jugadores competían con otra lógica, más cercana al honor deportivo que a la profesionalización actual. En ese escenario, la presencia de Gardel en las concentraciones tuvo un peso particular: era una de las voces más famosas de la época.

El primer mundial y las noches de tango

Durante el torneo, Gardel pasó por la concentración argentina ubicada en Santa Lucía. Allí estaban, entre otros, Francisco Varallo, Guillermo Stábile, Luis Monti y Carlos Peucelle. Varallo contó años después que el cantor aparecía seguido en el campamento, donde compartía sobremesas largas, tocaba la guitarra y cantaba hasta tarde para un grupo de futbolistas jóvenes que se preparaba para disputar una competencia inédita.

La visita no se limitó al plantel argentino. El artista también se acercó a la concentración uruguaya, donde cantó y conversó con los jugadores de la Celeste antes de que se consagraran campeones del mundo. Por eso, su nombre quedó ligado a los dos seleccionados que llegaron a la final del primer Campeonato Mundial de Fútbol organizado por la FIFA.

Santoro sostiene que esa presencia no debe leerse como una anécdota suelta. “Noventa y seis años después del primer Campeonato Mundial de Fútbol, resulta imposible no advertir un curioso paralelismo entre aquel acontecimiento fundacional y la historia de Carlos Gardel”, afirma. En su mirada, el cantor aparecía como una figura capaz de unir dos expresiones populares que crecían al mismo tiempo en el Río de la Plata: el tango y el fútbol.

La final se jugó el 30 de julio de 1930 en el Estadio Centenario de Montevideo. Argentina y Uruguay definieron el título y la Celeste ganó 4 a 2. Gardel no estuvo en las tribunas ese día. Antes del partido, cuando le preguntaban por quién hinchaba, respondía con una frase que quedó asociada a su relación con las dos orillas: “Tengo mi corazoncito dividido”.

También le pidieron un pronóstico antes de las semifinales, cuando todavía quedaban Estados Unidos y Yugoslavia en carrera. Su respuesta mezcló fútbol, carreras y una referencia a Irineo Leguisamo: “El fútbol es más difícil de acertar que las carreras, y en el hipódromo no acierta nadie, salvo (Irineo) Leguisamo. Solamente diré que los rioplatenses llegarán a la final”. El resultado terminó dándole la razón, porque Argentina y Uruguay fueron los protagonistas del partido decisivo.

Carlos Gardel y un vínculo con el fútbol que venía de antes

La cercanía de Gardel con la pelota no empezó en Montevideo. Antes de aquel campeonato, su amistad con Josep Samitier, mediocampista del FC Barcelona conocido como el Hombre Langosta, le había permitido acercarse a un deporte que al principio no le despertaba demasiado interés. El propio cantor reconoció que empezó a mirar el fútbol de otra manera después de ver jugar al Barcelona.

Esa admiración quedó expresada en el tango ¡Sami!, dedicado a Samitier. La relación con el club catalán también aparece en imágenes y relatos de la época, en los que se menciona a jugadores del Barcelona rodeando a Gardel. Según las reconstrucciones citadas, el artista fue hincha de los azulgranas y encontró en ese ambiente una forma de entender la entrega y la emoción que rodeaban a cada partido.

Para Santoro, ese acercamiento tenía una raíz social. El tango y el fútbol surgían de barrios atravesados por inmigrantes y criollos, con lenguajes sencillos y populares. En ese sentido, el investigador retoma una definición atribuida al cantor: “Mi fama no es mía, es de mi país, de mi pueblo. A quien aplaude el público no es a Carlos Gardel: es al arte popular nuestro, al alma nuestra que, por una casualidad feliz, me ha tocado interpretar a mí’“.

Gardel también grabó canciones ligadas al mundo futbolero, entre ellas Patadura y Mi primer gol. Mientras algunos sectores de la época miraban al fútbol con distancia, el cantor lo vinculó con el mismo universo que alimentaba al tango: la calle, el barrio, el café y las ilusiones de quienes buscaban un lugar en una sociedad nueva.

“Ambos nacían en los barrios, hablaban el lenguaje de la calle y representaban los sueños de millones de inmigrantes y criollos que estaban construyendo una nueva identidad nacional”, define Santoro. En esa línea, el investigador asocia otra frase de Gardel con el modo en que los futbolistas rioplatenses empezaban a hacerse visibles fuera de la región: “no soy yo el que triunfa, es nuestro tango el que se impone“.

La muerte de Gardel y las últimas frases en Colombia

El tramo final de la vida de Gardel llegó cinco años después de la final de 1930. La noche del 23 de junio de 1935 cantó por última vez desde el balcón de Radio La Voz de Medellín, en Colombia. Eligió interpretar Tomo y obligo y, antes de terminar, dijo una frase recogida por crónicas de la época: “La emoción no me deja hablar. ¡Gracias y hasta siempre!”.

Horas antes de subir al avión, también dejó otra despedida frente a los micrófonos: “No sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone”. El 24 de junio de 1935, la aeronave en la que viajaba chocó con otra mientras carreteaba para despegar en el aeropuerto de Las Playas. Otra referencia del mismo episodio ubica el accidente en la pista del actual aeropuerto Olaya Herrera, donde el trimotor Ford colisionó con otra aeronave y se produjo un incendio en pocos segundos.

En ese accidente murieron Carlos Gardel, Alfredo Le Pera y sus tres músicos. El cantor tenía 44 años. La noticia impactó en distintos países de América, donde su figura ya había alcanzado una enorme popularidad por sus grabaciones, sus películas y sus giras.

el camino de sus restos hasta Buenos Aires

Después del accidente, el cuerpo de Gardel fue enterrado en el cementerio de San Pedro, en Medellín. Luego comenzó un trámite complejo para repatriar sus restos, con intervención del presidente colombiano Alfonso López y una disputa diplomática entre Argentina y Uruguay. El debate se vinculaba con una cuestión que atravesó buena parte de su biografía: el origen del cantor.

El féretro llegó al puerto de Buenos Aires el 5 de febrero de 1936. Allí lo esperaban más de 40.000 personas, según los registros de la época, para acompañar la procesión que avanzó por la Avenida Corrientes hasta el Cementerio de la Chacarita. Primero fue alojado en el Panteón de los Artistas.

En diciembre de 1936, el cuerpo fue trasladado a una doble parcela dentro de la misma necrópolis. Más tarde, el 7 de noviembre de 1937, los restos fueron exhumados por última vez y depositados de manera definitiva en el mausoleo coronado por su estatua de bronce. Esa secuencia quedó documentada junto con los trámites posteriores a su muerte.

La discusión por su identidad también quedó asentada en documentos oficiales. En su testamento, Gardel confirmó haber nacido el 11 de diciembre de 1890 en Toulouse, Francia, y ser hijo de Bérthe Gardés. Sin embargo, el 8 de octubre de 1920 se presentó en el Consulado de Uruguay en Buenos Aires y declaró falsamente haber nacido en Tacuarembó en 1887.

Con esa certificación, el 4 de noviembre de 1920 obtuvo su primer documento argentino: la Cédula de Identidad de la Policía de la Capital. Luego, el 7 de marzo de 1923, pidió la ciudadanía argentina ante el Juzgado Federal N° 1. El trámite terminó el 1 de mayo de 1923, cuando recibió la nacionalidad argentina, y el 10 de mayo de ese año pudo gestionar su primer pasaporte definitivo.

Argentina, Uruguay y una figura popular entre dos orillas

La historia del Mundial de 1930 muestra a Gardel en una zona donde las pertenencias no eran simples. Por un lado, mantenía un vínculo fuerte con Buenos Aires y con la cultura argentina. Por otro, su relación con Uruguay y con el público rioplatense también era cercana. Esa doble identificación explica por qué evitó pronunciarse públicamente a favor de una selección en la previa de la final.

En el relato de Santoro, el cantor no se acercó al fútbol como una celebridad ajena al ambiente, sino como alguien que entendía el valor popular de lo que estaba ocurriendo. El campeonato reunía a selecciones que viajaban en barco, a jugadores que convivían en concentraciones sencillas y a hinchas que empezaban a llenar estadios con una pasión que después crecería en todo el mundo.

Para los futbolistas argentinos, su presencia en Santa Lucía significó compartir noches con la estrella artística más conocida de aquel tiempo. Para los uruguayos, las visitas incluyeron canciones y bromas antes de la consagración. En ambos casos, Gardel quedó asociado a la intimidad de los planteles que disputaron la primera final mundialista.

El Mundial de 1930 se jugó en Montevideo con 13 selecciones, y la final del 30 de julio terminó con el triunfo de Uruguay sobre Argentina por 4 a 2. Cinco años después, el 24 de junio de 1935, Gardel murió en el choque de dos aeronaves en Medellín. Sus restos llegaron a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936 y fueron depositados definitivamente en el mausoleo de la Chacarita el 7 de noviembre de 1937.

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