Dos docentes argentinos fueron seleccionados entre los 50 finalistas del Global Teacher Prize 2024, conocido como el Nobel de la Educaicon. Se trata de la maestra rural chaqueña Gloria Cisneros y del profesor técnico porteño Miguel Alejandro Rodríguez, reconocidos por sus proyectos educativos y solidarios que alcanzan a comunidades de todo el país, incluida la provincia de Salta.
La última edición del Global Teacher Prize, el premio internacional que muchos presentan como el Nobel de la Educaicon, ubicó a dos argentinos entre los 50 mejores docentes del planeta. La maestra rural Gloria Cisneros, del impenetrable chaqueño, y el profesor de escuelas técnicas Miguel Alejandro Rodríguez, de la Ciudad de Buenos Aires, fueron seleccionados entre más de 5.000 postulaciones de 139 países. Ambos avanzaron a la lista de finalistas y ahora esperan la próxima etapa, que recortará el grupo a solo 10 candidatos.
El certamen, organizado por la Fundación Varkey junto a la UNESCO, entrega un premio mayor de un millón de dólares al ganador o ganadora. Tanto Cisneros como Rodríguez ya adelantaron que, si reciben ese monto, lo destinarían a proyectos concretos para estudiantes y comunidades vulnerables, con especial foco en el acceso a la educación y a la energía.
Con trayectorias muy distintas pero atravesadas por la vocación docente, la historia de la maestra del Chaco y del profesor porteño se cruza ahora en este reconocimiento global, que pone la mirada internacional sobre aulas rurales, escuelas técnicas y proyectos que llegan hasta parajes aislados de la Argentina, entre ellos Campo La Paz, en la provincia de Salta.
La historia de Gloria Cisneros, la maestra del impenetrable que vive entre Taco Pozo y el paraje La Sara
Cada lunes, bien temprano, Gloria Cisneros se sube a su moto en Taco Pozo y encara un recorrido de alrededor de 90 kilómetros por caminos de ripio y barro hasta llegar al paraje La Sara. Allí funciona la Escuela de Educación Primaria N° 793 “Don Carlos Arnaldo Jaime”, donde es directora, única maestra y responsable del albergue estudiantil. El viaje, que suele demandar unas dos horas, puede duplicarse o más cuando las rutas de tierra quedan complicadas por las lluvias.
En esa escuela albergue, Cisneros recibe a 15 chicos de primero a séptimo grado, que se quedan internos desde el lunes hasta el viernes. Sus familias los van a buscar recién a la tarde, cuando termina la semana de clases. Aunque el establecimiento no cuenta con nivel inicial, la docente invita a los más pequeños de la comunidad, menores de 6 años, para que participen como “oyentes” y se vayan familiarizando con la lectura y la escritura antes de entrar formalmente a primaria.
La tarea de Gloria no se limita a dar clase. En la práctica, se encarga de casi todo: dirige la institución, enseña en una única sala con alumnos de diversas edades, limpia las aulas, organiza el mantenimiento del edificio y gestiona la parte administrativa. Solo tiene el apoyo de una persona a cargo de la cocina, que además colabora en distintas tareas cotidianas cuando hace falta.
El desembarco de Internet en el paraje, en 2019, cambió mucho la vida de la escuela. A partir de entonces, varios trámites pasaron a hacerse de forma digital y Cisneros empezó también a ayudar a los vecinos a gestionar claves de seguridad social y otros procedimientos online. En el aula, incorporó una plataforma educativa que le permitió sumar nuevos recursos y proponer actividades que antes eran imposibles en un contexto tan aislado.
La maestra fue armando, con el tiempo, un modo propio de organizar las clases en el aula plurigrado. Parte de un mismo tema para todo el grupo y lo adapta con distintos niveles de dificultad según el grado. Ella misma lo explicó con un ejemplo: con un contenido sobre animales, primero proyecta un video; los alumnos de primero anotan qué animal ven, los de segundo y tercero completan información y, en séptimo, elaboran un texto descriptivo. Para Cisneros, la motivación es el eje de todo el proceso.
Según relata, esta forma de trabajo no sirve solo para escuelas rurales. También la aplicó en Taco Pozo, en un séptimo grado urbano, donde encontró grupos muy diferentes entre sí en cuanto a niveles de aprendizaje. Sostiene que, con este enfoque, se puede acompañar en forma más personalizada a cada estudiante, según sus tiempos y su etapa de comprensión.
Del esfuerzo familiar al Global Teacher Prize: la vida de Gloria entre cosechas, estudios y el “Nobel de la Educación”
La experiencia de Gloria Cisneros en primera persona ayuda a entender por qué su nombre hoy suena entre los finalistas del llamado Nobel de la Educaicon. Nació en Taco Pozo, donde hizo el jardín y parte de la primaria, pero su niñez estuvo marcada por la vida itinerante de su familia. Su padre trabajaba como cosechador de algodón y debía trasladarse cada año a las zonas de campaña, donde solamente había escuelas para los hijos de los patrones.
Como las cosechas se extendían de marzo a octubre, Cisneros perdía prácticamente todo el ciclo lectivo. El cambio llegó cuando su madre habló con los empleadores para pedir que también los hijos de los trabajadores pudieran ir a esas escuelas. A partir de ese reclamo, según cuenta, se abrió la posibilidad de que ella retomara su escolaridad con mayor estabilidad.
De vuelta en Taco Pozo, terminó la secundaria, pero se encontró con otro obstáculo: el profesorado de la localidad estaba cerrado. Tuvo que esperar cinco años hasta que volviera a funcionar. Recién entonces pudo inscribirse y finalmente se recibió como la primera egresada distinguida “con honores”. Para ese momento ya era madre de dos hijos, que hoy tienen 20 y 16 años.
Al poco tiempo de conseguir el título, le propusieron hacerse cargo de la escuela del paraje La Sara, tanto en la dirección como en el aula. Durante el primer año se mudó junto a su familia al lugar. Sin embargo, luego debieron regresar a Taco Pozo y, desde entonces, ella viaja cada semana para cumplir con su trabajo de lunes a viernes. Eso significó pasar más horas con sus alumnos que con sus propios hijos durante gran parte del año.
La docente reconoce que, al principio, ese desbalance le generó culpa, porque sentía que dejaba a sus hijos demasiado tiempo solos. Con el correr de los años, sin embargo, vio que ellos crecieron con mucha independencia y se mantuvieron bien, mientras ella seguía eligiendo regresar cada semana a La Sara para sostener el proyecto educativo y el albergue de la escuela.
De acuerdo con lo que detalla, los resultados académicos se ven en buenos niveles de aprendizaje, participaciones en ferias de ciencias y exalumnos que continuaron estudios superiores. La dinámica del albergue, que reúne a todos los chicos durante la semana, se complementa con su método de trabajo compartido entre distintos grados, lo que refuerza el acompañamiento en una zona donde el acceso a la educación es complejo.
El sueño de una residencia y el acceso al agua en Taco Pozo
Consultada sobre qué haría si llegara a ganar el millón de dólares del Global Teacher Prize, Cisneros fue concreta. Dijo que su prioridad sería construir una residencia estudiantil en Taco Pozo para que los jóvenes que egresan de las escuelas rurales puedan seguir estudios secundarios y terciarios sin tener que abandonar la zona. También remarcó que le preocupa garantizar agua segura para el paraje La Sara, donde hoy la escuela se abastece solo con agua de lluvia almacenada.
Según explicó, en la institución no cuentan con agua potable para tomar y dependen de tanques y aljibes que juntan el agua cuando llueve. Por eso, vincula la oportunidad del premio con la posibilidad de asegurar un servicio básico para la comunidad educativa y para las familias que viven en esa parte del impenetrable chaqueño.
Miguel Alejandro Rodríguez, el profesor que lleva energía solar a comunidades
Mientras la historia de Cisneros se desarrolla en la ruralidad chaqueña, el recorrido de Miguel Alejandro Rodríguez se forjó en las escuelas técnicas de la Ciudad de Buenos Aires. Lleva 27 años como docente de este nivel y fue descubriendo, con el tiempo, que la mejor forma de despertar el interés de los estudiantes era vincular ciencia y tecnología con necesidades reales de la gente. Su premisa es que los proyectos deben tener impacto concreto en la vida cotidiana de las comunidades.
A partir de esa idea, empezó a impulsar iniciativas para resolver problemas puntuales en distintos puntos del país. Junto a sus alumnos no solo diseñan las soluciones, sino que viajan a los lugares donde se van a aplicar para instalarlas y capacitar a los vecinos en su uso. En esos viajes, los estudiantes se ponen en el rol de docentes y explican el funcionamiento de los equipos.
En 2012 creó el Club de Ciencias, un espacio voluntario donde jóvenes de diversas escuelas se suman para desarrollar aplicaciones tecnológicas con enfoque social. Desde allí y desde las aulas surgieron trabajos ligados a energía, sustentabilidad y acceso a servicios básicos en parajes alejados de los centros urbanos.
Entre los proyectos más recientes, Rodríguez destaca el que realiza con alumnos de la Escuela Técnica N° 3 en Campo La Paz, en la provincia de Salta. Se trata de una comunidad sin conexión a la red eléctrica, donde ya instalaron calefones solares para que las familias puedan contar con agua caliente y ahora avanzan con la colocación de paneles solares para generar electricidad.
El viaje hasta Campo La Paz no es sencillo. Según detalla el docente, el pueblo está lejos de la capital salteña, por lo que el grupo viaja desde Buenos Aires hasta Jujuy, donde permanece uno o dos días para aclimatarse. Después se trasladan a La Quiaca, donde vuelven a hacer una parada de adaptación a la altura. Solo entonces toman un transporte que los lleva a los pueblos de la zona, atravesando un camino de alta montaña en el que, por su peligrosidad, solo puede circular un vehículo por vez.
Reconocimientos y el destino del premio si gana el nobel
Los proyectos encabezados por Rodríguez sumaron numerosos reconocimientos. A nivel nacional, fue distinguido con el Premio Docentes de la Ciudad, el concurso Innovar, el premio de la Fundación YPF y el de la Fundación Banco Petersen, entre otros. En el plano internacional recibió el Energy Globe Award 2024 (Argentina), el Premio Mercosur de Ciencia y Tecnología, el Premio Zayed a la Sostenibilidad y el Dubai International Award.
De cara a la definición del Global Teacher Prize, el docente ya adelantó cómo usaría el millón de dólares en caso de quedarse con el galardón. Señaló que destinaría los fondos a completar la llegada de la energía solar y cubrir todas las necesidades vinculadas al proyecto de Campo La Paz, en Salta, al que hoy dedica buena parte de su trabajo junto a los estudiantes de la Técnica N° 3.
El Global Teacher Prize, considerado en muchos países como una suerte de Nobel de la Educaicon para docentes, se encuentra actualmente en la fase de los 50 finalistas. El próximo paso será seleccionar a los 10 mejores, y la elección del ganador quedará en manos de la Academia del premio, integrada por referentes de distintos ámbitos. El nombre de la persona ganadora se dará a conocer durante la World Governments Summit, prevista en Dubái entre el 3 y el 5 de febrero de 2026.

