Cardiólogos advierten que la depresión puede aumentar hasta un 50% el riesgo cardiovascular

La depresión dejó de ser vista solo como un problema del ánimo y ya figura, junto al estrés, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social, entre los factores de riesgo cardiovascular modificables. Consensos recientes de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y de la Sociedad Europea de Cardiología remarcan que el vínculo entre depresión y enfermedad del corazón es directo, bidireccional y medible, con más internaciones, peor calidad de vida y hasta un 50% más de chances de infarto, ACV o insuficiencia cardíaca si no se detecta a tiempo.

La depresión como nuevo foco de la cardiología moderna

En los consultorios de cardiología, la depresión ya no se mira como un tema “aparte” de la salud del corazón. El Consenso de Aspectos Psicosociales en Enfermedad Cardiovascular de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) la ubica, junto con el estrés, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social, dentro de los riesgos “relevantes, frecuentes y potencialmente modificables” para el sistema cardiovascular. Según este documento, la depresión debería buscarse de forma activa en los controles de rutina del corazón, del mismo modo que se chequean la presión o el colesterol.

En paralelo, el Consenso Clínico 2025 de la Sociedad Europea de Cardiología refuerza esa mirada y describe la relación entre patología emocional y cardíaca como “bidireccional”. Es decir: la presencia de depresión aumenta la probabilidad de desarrollar una enfermedad del corazón y, a la vez, recibir un diagnóstico cardíaco favorece la aparición o la persistencia de cuadros depresivos. Esa ida y vuelta, explican, influye en la calidad de vida, la cantidad de internaciones, la adherencia a las indicaciones y, en última instancia, en la supervivencia.

La SAC subraya que no se trata de una asociación teórica. De acuerdo con las cifras que difunde la entidad, quienes cursan síntomas depresivos presentan entre un 30% y un 50% más riesgo de infarto de miocardio, accidente cerebrovascular (ACV) o insuficiencia cardíaca que quienes no tienen ese cuadro. Cuando la depresión se sostiene en el tiempo o se agrava, ese riesgo cardiovascular también se incrementa, por lo que los especialistas reclaman prestarle atención de manera sistemática.

Las investigaciones recientes citadas por la SAC remarcan que la depresión no debe verse como un estado fijo, sino como una condición dinámica: cuando empeora el cuadro emocional, también se intensifican las consecuencias físicas. Desde la entidad explican que el cerebro queda sometido a un estrés emocional crónico, se activan de forma constante las hormonas del estrés, aumenta la inflamación general y los vasos sanguíneos pierden capacidad de adaptarse. Ese mecanismo, describen, es uno de los caminos por los que el riesgo de enfermedad cardiovascular aumenta.

En este escenario, los cardiólogos argentinos señalan que el cuerpo “habla” del sufrimiento psíquico a través de síntomas concretos, y que el corazón figura entre los órganos más sensibles a ese impacto. Para la SAC, la evidencia acumulada en los últimos años cambió de raíz la manera de entender el vínculo entre mente y corazón, y llevó a considerar a los trastornos emocionales como parte del cuadro clínico cardíaco y no como algo separado.

Qué dicen los especialistas sobre depresión, hábitos y riesgo cardíaco

El doctor Omar Prieto, exdirector y actual asesor del Consejo de Aspectos Psicosociales de la SAC, define la depresión como “una de las experiencias humanas más extendidas y, al mismo tiempo, más invisibles de nuestra época”. Aclara que en muchos pacientes no se presenta con una tristeza evidente, sino que se esconde “detrás del cansancio persistente, el insomnio, la irritabilidad o la pérdida de motivación”, lo que complica su detección tanto por parte de los médicos como de las propias personas.

Según los datos recopilados por la SAC, ocho de cada diez personas con depresión no reciben diagnóstico ni tratamiento adecuados en tiempo y forma. Los especialistas advierten que, por esa falta de detección, una porción importante de la población convive durante años con un riesgo cardiovascular mayor sin saberlo. Las imágenes divulgadas por la entidad buscan mostrar esa brecha entre la necesidad de atención y la asistencia que efectivamente se brinda.

En la atención diaria, Prieto insiste en cambiar la mirada clínica más que en multiplicar turnos o “medicalizar” cada emoción. Plantea que hacen falta equipos integrados, donde la salud mental y la cardiología trabajen juntas. En su experiencia, cuando una persona atraviesa un cuadro depresivo suele dormir peor, moverse menos, comer de forma desordenada, abandonar tratamientos y perder motivación para cuidarse. Esa cadena de conductas, explica, tiene consecuencias directas sobre la salud del corazón.

La SAC detalla que, justamente por esa vía de los hábitos, la depresión empeora el control de los factores clásicos de riesgo cardiovascular. El organismo profesional describe que, en este contexto, se altera el descanso, cae la actividad física, se modifican los patrones de alimentación y se reduce la adherencia a las indicaciones médicas. La combinación de esos elementos aumenta la vulnerabilidad de los pacientes frente a eventos cardíacos, incluso cuando ya están bajo tratamiento por otras causas.

En pacientes con insuficiencia cardíaca, la preocupación es todavía mayor. Los documentos de la SAC señalan que la coexistencia de depresión se asocia con más internaciones, un deterioro más marcado de la calidad de vida y un aumento de la mortalidad en comparación con quienes no tienen ese diagnóstico emocional. Prieto resume esta situación como “una realidad que ya no admite ser ignorada”, en relación al peso que tienen los factores psicosociales en la evolución de este grupo.

Una mirada integral: género, cuerpo y vida cotidiana

La doctora Alejandra Ávalos Oddi, también asesora y exdirectora del Consejo de Aspectos Psicosociales de la SAC, define la depresión como un fenómeno “biológico, cognitivo, conductual, físico y social que ejerce un impacto directo y significativo sobre la salud cardiovascular”. Según detalla, la evidencia científica disponible a nivel nacional e internacional respalda de manera concluyente el lazo entre depresión y enfermedad cardíaca, dejando por fuera la idea de que se trata de una simple sospecha clínica.

Para Ávalos Oddi, la dimensión del problema se nota no solo en los números biomédicos, sino también en otras áreas que influyen en la vida diaria: vínculos, proyectos, productividad y sentido vital. Al referirse al Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, la especialista propone aprovechar esa fecha como punto de partida para cambiar la conversación social, promoviendo que más personas se animen a preguntar, escuchar y detectar señales de alarma a tiempo.

El análisis de la SAC pone el foco, además, en cómo impacta la depresión según el género. Las mujeres presentan aproximadamente el doble de incidencia que los varones. Parte de esa diferencia, explica Ávalos Oddi, se relaciona con fluctuaciones hormonales que pueden generar o potenciar cambios en el estado de ánimo. Pero también intervienen cuestiones ligadas a la organización de la vida cotidiana y a la sobrecarga de tareas.

Los especialistas remarcan que, en muchos casos, los síntomas emocionales de las mujeres no se identifican con facilidad porque suelen minimizarse o quedar opacados por la multiplicidad de roles que asumen. Esa situación hace que cuadros persistentes se mantengan durante períodos largos sin un abordaje adecuado, con el consiguiente efecto sobre la salud cardiovascular. Las guías de la SAC insisten en contemplar estas diferencias de género al evaluar riesgo y diseñar estrategias de cuidado.

En términos fisiológicos, los referentes de la entidad subrayan que los trastornos psíquicos ejercen un impacto directo sobre lo físico y que el corazón suele ser de los primeros órganos en evidenciarlo. En las ilustraciones que acompañan el consenso, la depresión, el estrés, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social aparecen señalados dentro del grupo de factores de riesgo cardiovasculares que pueden modificarse, junto a otros ya conocidos como el tabaquismo o la hipertensión.

En sus documentos institucionales, la SAC sostiene que sumar la dimensión emocional al cuidado del corazón no es una moda, sino una forma de aplicar medicina basada en la mejor evidencia disponible. En esa línea, considera que “comprender esta conexión es uno de los grandes desafíos de la cardiología moderna”, al tiempo que representa una oportunidad para ofrecer una atención más cercana y centrada en la persona.

Las comunicaciones de la entidad recuerdan que, de acuerdo con su consenso, la depresión no solo integra el listado de factores de riesgo modificables, sino que también puede condicionar la posibilidad de sostener cambios de hábitos y cumplir con los tratamientos indicados. Por eso, la SAC advierte que, mientras ese componente no se incorpore de manera sistemática a la evaluación, una parte clave del riesgo cardiovascular seguirá sin abordaje.

En este marco, los cardiólogos destacan que quienes presentan síntomas depresivos concentran hasta un 50% más de probabilidades de sufrir infarto de miocardio, ACV o insuficiencia cardíaca, a la vez que la mayoría de esos cuadros continúa sin diagnóstico ni terapia. Las últimas comunicaciones de la SAC, difundidas en el contexto del debate sobre factores psicosociales y riesgo cardíaco, señalan que la depresión y otras formas de malestar emocional deben incluirse de manera rutinaria en las evaluaciones de pacientes con o sin antecedentes de enfermedad cardiovascular.

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