Cigarrillos y su impacto en el medioambiente: las colillas se vuelven microplásticos que persisten por años

Investigadores midieron durante una década cómo se degradan las colillas de cigarrillos en distintos suelos y comprobaron que dejan microplásticos y toxicidad persistente.

Un seguimiento científico de diez años encendió una fuerte alarma sobre el impacto de los cigarrillos en el medioambiente: las colillas, que suelen tirarse al piso o a las alcantarillas, casi no desaparecen y terminan convertidas en microplásticos persistentes y tóxicos. La investigación, publicada en la revista Environmental Pollution y liderada por Giuliano Bonanomi, comprobó que los filtros se degradan solo en parte y que su material plástico queda incorporado al suelo durante años. El trabajo también detectó cambios en la toxicidad a lo largo del tiempo y alteraciones en la vida microbiana de los terrenos estudiados.

El equipo internacional siguió durante una década completa cómo se comportaban miles de colillas en tres tipos de ambiente terrestre: superficies urbanas, suelos arenosos y pastizales ricos en nutrientes. A intervalos regulares, retiraron muestras para medir pérdida de peso, cambios químicos y actividad de microorganismos. Aunque en las primeras semanas se registró una disminución rápida de la masa, los filtros de los cigarrillos mantuvieron su presencia y su efecto en el medioambiente mucho más allá de lo que se suponía.

Según el artículo, firmado también por Luigi F. Di Costanzo, el acetato de celulosa que compone el filtro mostró una alta resistencia a la degradación. Incluso después de diez años, una parte importante del material seguía en los suelos en forma de microplásticos, lo que confirma que las colillas no son un residuo “menor”, sino una fuente sostenida de contaminación que se acumula en tierra firme.

Cigarrillos y medioambiente: cómo se diseñó el estudio y qué se midió

Para evaluar con detalle el impacto de las colillas de cigarrillos en el medioambiente, los investigadores colocaron miles de filtros usados dentro de pequeñas bolsas de malla. Esas bolsas se distribuyeron en tres escenarios bien distintos: áreas urbanas con poca vida biológica, suelos arenosos con escasa materia orgánica y terrenos de pastizales fértiles, ricos en nutrientes como nitrógeno.

Cada cierto tiempo, a lo largo de los diez años de trabajo, retiraban parte de las bolsas para analizarlas en laboratorio. Allí pesaban las colillas, estudiaban su composición química y observaban qué tipo de microorganismos se habían asentado en los filtros y en el suelo circundante. De este modo pudieron reconstruir, paso a paso, la degradación del residuo y su influencia en el ecosistema terrestre.

Los primeros resultados llegaron rápido: en las semanas iniciales de exposición al aire libre, las colillas perdieron alrededor del 20 % de su masa. Esa caída temprana se vinculó a la degradación de la capa exterior del filtro y a la disolución de compuestos solubles que se liberan al ambiente. Sin embargo, pasado ese primer tramo, el comportamiento de las colillas empezó a depender mucho más del tipo de suelo donde estaban depositadas.

En los puntos con baja actividad biológica, como pavimento urbano y suelos arenosos pobres en nutrientes, el proceso de descomposición se frenó de manera marcada. La caída de masa tendió a estabilizarse y la estructura del filtro se mantuvo reconocible incluso tras largos períodos. Algo distinto ocurrió en los pastizales con buena fertilidad, donde la presencia de materia orgánica y una biota más activa sostuvieron una pérdida de peso más intensa a lo largo de los años.

Colillas, microplásticos y toxicidad: el otro lado del impacto ambiental

Uno de los datos más llamativos del estudio es que, en suelos ricos en nutrientes, las colillas llegaron a perder hasta el 84 % de su masa en diez años. Sin embargo, esa reducción no implicó que el impacto de los cigarrillos en el medioambiente desapareciera. Una porción relevante del filtro se fragmentó y quedó integrada al terreno bajo la forma de microplásticos, lo que confirma que el residuo cambia de forma, pero no se elimina.

El análisis detallado de las fibras mostró que, con el paso del tiempo, el filtro de acetato de celulosa se rompe en microfibras que luego se reagrupan en pequeñas esferas microscópicas. Estas bolitas combinan restos del material plástico original con partículas del suelo, conformando una nueva categoría de microplástico sólido y estable, capaz de permanecer durante largos períodos en los ecosistemas terrestres.

La razón de esta persistencia está en la propia composición de los filtros. Cada colilla contiene alrededor de 15.000 microfibras de acetato de celulosa, un polímero derivado de la celulosa vegetal al que se le modificó la estructura química mediante acetilación para hacerlo más resistente. Esa transformación, explican los autores, vuelve más difícil el trabajo de los microorganismos que normalmente degradan materia orgánica, porque se requieren procesos de desacetilación que en condiciones naturales ocurren muy lentamente.

Aun así, la biota del suelo tuvo un rol importante. En los ambientes con mayor disponibilidad de nutrientes, la comunidad microbiana asociada a los filtros se mostró más diversa y con mayor actividad. Esa intensa colonización se relacionó con una pérdida de masa más fuerte de las colillas, aunque no alcanzó para lograr la eliminación total del material plástico. La comparación entre los distintos sitios confirmó que, cuanto más activa es la vida del suelo, mayor es la descomposición, pero siempre queda un remanente de microplásticos.

Toxicidad a lo largo del tiempo: dos picos y efectos duraderos

Además de seguir la descomposición física, el equipo evaluó cómo cambiaba la peligrosidad química de las colillas. Al inicio, los filtros recién tirados liberan rápidamente nicotina, metales pesados e hidrocarburos aromáticos, sustancias reconocidas por su capacidad de dañar organismos acuáticos y plantas. Esa etapa inicial concentra altas cantidades de compuestos tóxicos que se incorporan al entorno en poco tiempo.

Sin embargo, la toxicidad no cayó de manera constante a medida que pasaban los años. El registro temporal mostró que, luego de un descenso tras la fase más aguda, apareció un nuevo aumento alrededor del quinto año. Ese segundo pico se vinculó con la fragmentación del filtro y la liberación paulatina de sustancias que habían quedado retenidas dentro de las fibras. Los autores describen este fenómeno como una “segunda ola” de contaminación, que renueva el riesgo para los organismos del suelo bastante tiempo después del descarte original.

De acuerdo con los resultados, esta reaparición de compuestos tóxicos complica la recuperación de los ambientes afectados por colillas. La combinación entre microplásticos persistentes y liberación diferida de químicos peligrosos hace que el impacto de los cigarrillos sobre el medioambiente se extienda durante años, mucho más allá del momento en que la persona fumadora apagó el cigarrillo y arrojó la colilla.

Efectos sobre la vida del suelo y tiempos de degradación

Otro punto del trabajo fue observar qué pasaba con las comunidades de microorganismos presentes en los suelos con exposición continua a colillas. Los investigadores registraron una disminución en la biodiversidad microbiana en las zonas donde se colocaron los filtros, un cambio que puede repercutir en procesos clave de los ecosistemas terrestres, como la descomposición de restos vegetales y el movimiento de nutrientes.

Con la información reunida durante toda la década, el equipo concluyó que las colillas de cigarrillos tardan entre 2 y 10 años en degradarse, según el tipo de suelo y sus condiciones biológicas. Aun así, señalaron que después de ese período los filtros no desaparecen por completo: se transforman en microplásticos, modifican la composición del terreno y continúan liberando sustancias tóxicas en diferentes momentos. El estudio terminó con la confirmación de que la descomposición natural no logra neutralizar del todo estos residuos.

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