Recuperó 900 bicicletas abandonadas, las arregló y se las regaló a chicos que las necesitaban

La iniciativa Robando Sonrisas funciona hace once años con donaciones, repuestos reutilizados y trabajo familiar en Ingeniero Huergo.

Una familia de Ingeniero Huergo, en Río Negro, lleva adelante un proyecto solidario que recupera bicicletas usadas, las arregla y las regala a chicos de distintos puntos de la provincia. La iniciativa, llamada Robando Sonrisas, funciona hace once años y está cerca de alcanzar las 900 unidades entregadas. Todo se sostiene con donaciones, repuestos reutilizados y horas de trabajo fuera de la jornada laboral. Diego Paulete, su compañera Jennifer Romero, sus padres y otros allegados participan del proceso, que va desde buscar los rodados en desuso hasta dejarlos listos para que vuelvan a rodar.

La propuesta empezó con una meta mucho más chica, aunque con el tiempo se volvió una tarea cotidiana para toda la familia. “Nosotros empezamos pensando que, si lográbamos reciclar diez bicicletas, ya iba a ser un montón. Hoy estamos cerca de las 900 y todavía sentimos que estamos viviendo un sueño. Todos los días hacemos algo: salimos a buscar una bicicleta, conseguimos un repuesto o arreglamos una rueda. Ya forma parte de nuestra vida”, contó Diego Paulete.

El trabajo no se limita a reparar una bici rota. Antes de cada entrega, el grupo busca información sobre los chicos que necesitan ese rodado, sus edades, sus medidas y el lugar donde viven. Según explicó Paulete, en varios casos la bicicleta sirve para ir a la escuela, llegar al doble turno o recorrer trayectos largos dentro del barrio.

Cómo juntan bicicletas usadas para arreglar y volver a entregar

El circuito empieza con avisos que llegan por redes sociales. Vecinos de distintas localidades de Río Negro se comunican para ofrecer bicicletas que ya no usan, y desde Robando Sonrisas organizan el retiro. “Siempre son donaciones. Nosotros coordinamos y las vamos a retirar. Ahí empieza la magia”, señaló Paulete sobre una tarea que, muchas veces, implica hacer varios kilómetros en auto o camioneta.

En muchos casos, los rodados estuvieron años quietos, arrumbados en un patio o contra una pared. Algunos aparecen con la cadena oxidada, las cubiertas desinfladas o piezas deterioradas por el paso del tiempo. Aun así, la familia revisa cada unidad para ver qué se puede recuperar y qué hace falta cambiar para que vuelva a estar en condiciones de uso.

La reparación se hace en el garaje de la casa. Ahí desarman cuadros, cambian frenos, acomodan ruedas y reemplazan partes gastadas por repuestos usados que todavía sirven. Paulete, que trabaja como electricista, explicó que esa tarea se hace después de cumplir con su jornada. “Después de nuestros horarios de trabajo nos ponemos a reciclar bicicletas. Algunas llegan en perfectas condiciones y otras necesitan mucho más amor porque estuvieron años guardadas. Las vamos recuperando con repuestos usados que todavía están en buen estado hasta que quedan listas para volver a rodar.”

Ese sistema también se apoya en la experiencia acumulada durante los años. En la bicicletería de Hugo y Mirta, los padres de Diego, se guardan componentes usados en buen estado que luego se reutilizan en otras reparaciones. De esa manera, el proyecto puede seguir avanzando sin una estructura formal ni fondos externos.

La red que ayuda a regala rodados según la necesidad de cada chico

Una vez que las bicicletas están listas, no se entregan al voleo. La familia se contacta con referentes barriales, merenderos y vecinos de diferentes lugares de la provincia para saber quién necesita una y qué medida corresponde. Esa etapa permite preparar cada rodado de acuerdo con el chico que lo va a recibir.

Paulete explicó que en algunos barrios las distancias hasta la escuela son largas. “Hay barrios que están a tres o cuatro kilómetros de la escuela y muchos chicos necesitan una bicicleta para poder estudiar, para ir al doble turno o simplemente para salir a jugar. Los referentes nos dicen qué niños la necesitan, tomamos las edades y las medidas y armamos una bicicleta para cada uno”, detalló.

Además del uso práctico, el grupo dice conocer la historia de cada destinatario antes de concretar la entrega. Para ellos, esa parte es central porque le da sentido a cada reparación. “Esto lo hacemos por amor. Por el brillo en los ojos que tienen los chicos cuando reciben una bicicleta. Por la libertad que les genera poder andar en bici”, afirmó Paulete.

Sobre ese punto, agregó otra definición ligada al momento en que el rodado cambia de manos. “Sabemos la historia de cada nene y lo que va a sanar en cada pedaleada”, aseguró. La iniciativa ya concretó entregas en 14 localidades de Río Negro, siempre con el mismo esquema de trabajo familiar y colaboración vecinal.

Quiénes participan del proyecto y cómo nació Robando Sonrisas

Robando Sonrisas es impulsado por Diego Paulete junto con su compañera Jennifer Romero, aunque con el correr del tiempo se sumaron otros integrantes del entorno cercano. Según contó, son seis las personas que participan activamente de la tarea, entre ellas sus padres, Hugo y Mirta, además de familiares y vecinos que ayudan durante el año a conseguir bicicletas, guardar piezas o colaborar con las entregas.

Para Paulete, uno de los aspectos más valiosos del proyecto es justamente ese trabajo compartido entre distintas generaciones. “Somos seis personas las que estamos activamente con esto. Lo más lindo es que puedo hacerlo con mi papá, que tiene 76 años, y también con mi hijo, que apenas tiene tres. Es un movimiento solidario sobre ruedas”, contó.

La iniciativa nació en 2015, a partir de una situación puntual en la que decidió dar una mano. Un incendio había destruido la casilla de madera donde vivía una madre soltera, y vecinos organizaron una colecta para construirle una habitación de material. En ese contexto, Paulete se ofreció para hacerse cargo de la instalación eléctrica junto con los materiales necesarios.

“Queríamos que tuviera una instalación segura para que no volviera a pasar una tragedia así. Desde ese momento comenzamos este viaje”, recordó. Después de aquella experiencia, él y Jennifer Romero resolvieron sostener una tarea solidaria de manera permanente. Con el tiempo encontraron un camino concreto: rescatar bicicletas en desuso, acondicionarlas y ponerlas en manos de chicos que no tenían una propia.

El objetivo ahora: llegar a las 1000 bicicletas para chicos

El proyecto no funciona como ONG ni recibe financiamiento externo. Toda la tarea se hace sin cobrar por las reparaciones y con el aporte de quienes donan rodados o piezas. “No somos una ONG ni recibimos fondos de nadie. Todo está traccionado por la locura y el amor. Las bicicletas llegan por donaciones y muchos de los repuestos los aporta la bicicletería de mi papá”, explicó Paulete.

En ese esquema, cada bicicleta implica varias etapas: conseguirla, trasladarla, revisarla, desarmarla, recuperar lo útil, reemplazar lo que ya no sirve y, por último, definir a quién será entregada. El trabajo demanda tiempo, herramientas, espacio y coordinación, aunque la familia lo sostiene como parte de su rutina diaria.

En medio de ese recorrido, una de las últimas unidades incorporadas tuvo un origen particular. “La bicicleta número 900 nos llegó desde Ushuaia. Es increíble pensar todo el camino que hizo para terminar en manos de un chico”, dijo Paulete, al destacar el trayecto de ese rodado dentro de una iniciativa que ya traspasó varias localidades de Río Negro.

De cara a lo que viene, el grupo tiene metas concretas. Paulete señaló que esperan alcanzar las 1000 bicicletas, contar con un espacio propio de trabajo y, si se puede, extender la experiencia a otras provincias. “Nos encantaría llegar a las 1000 bicicletas, tener un espacio propio para trabajar y llevar este proyecto a otras provincias. Pero nuestro sueño ya lo estamos viviendo. Cada bicicleta representa un montón. Lo único que queremos es seguir viendo ese brillo en los ojos de los chicos cuando empiezan a pedalear”.

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