La alimentación de los niños en Argentina volvió a quedar en el centro de la escena por un dato fuerte: durante 2025, la asistencia alimentaria alcanzó al 64,8% de los chicos y adolescentes, el nivel más alto de toda la serie de la Encuesta de la Deuda Social Argentina de la UCA. Al mismo tiempo, el estudio indicó que el 28,8% atravesó inseguridad alimentaria y que el 13,2% padeció esa situación en su forma más grave. Aunque hubo mejoras respecto de 2024 en pobreza e indigencia, el informe remarcó que el cuadro sigue lejos de los registros previos a 2017.
El relevamiento también ubicó la pobreza entre niños y adolescentes en 53,6% durante 2025, mientras que la indigencia llegó a 10,7%. La UCA planteó que la baja observada en los últimos dos años representa un alivio, pero advirtió que no alcanza para revertir un deterioro acumulado durante un período mucho más largo.
Junto con eso, el trabajo sumó otros indicadores que ayudan a entender la dimensión del problema en Argentina: casi 2 de cada 10 chicos dejaron de ir al médico o al odontólogo por razones económicas, más de 1 de cada 5 vivió en hacinamiento y el 37,5% sufrió privaciones en vestimenta. En ese marco, la asistencia por alimentación creció, aunque la necesidad siguió golpeando con más fuerza en los sectores de menores ingresos.
La asistencia por alimentación marcó un récord entre los niños del país
El dato más saliente del informe fue el alcance de la ayuda para cubrir necesidades básicas de comida. Según la medición de la UCA, en 2025 esa asistencia llegó al 64,8% de los niños y adolescentes, el valor más alto desde que se sigue esta serie. Ese incremento se dio en un contexto de demanda sostenida, sobre todo desde 2020.
El estudio explicó que esa expansión estuvo vinculada al crecimiento de la cobertura en comedores escolares y comunitarios y, además, a la incorporación de la Tarjeta Alimentar en ese mismo año. Sin embargo, aun con esa ampliación, la inseguridad alimentaria no desapareció. Por el contrario, siguió muy presente en los hogares de menores recursos.
En números concretos, el 28,8% de los chicos atravesó problemas de acceso suficiente a los alimentos y el 13,2% pasó por la versión más severa de esa privación. A la vez, el reporte señaló que esta clase de dificultades se concentró con más fuerza en los estratos socioeconómicos bajos y en el Conurbano Bonaerense.
Otro punto que sumó el relevamiento fue el comportamiento de las transferencias monetarias. Entre ellas, la Asignación Universal por Hijo alcanzó al 42,5% de los niños, con una baja de 3,3 puntos porcentuales frente a 2024. Para la UCA, estas prestaciones se orientan mayormente a sectores con más necesidad, aunque no cubren a todos los potenciales destinatarios y dejan afuera a parte de la población pobre.
La pobreza bajó, pero el informe advirtió que el problema sigue lejos de resolverse
De acuerdo con la medición, la pobreza infantil se ubicó en 53,6% en 2025. La cifra mostró una mejora frente a los picos más recientes, pero el análisis de largo plazo encendió una alerta: los niveles actuales todavía están por encima de los mejores años de la década pasada y también superan los registros de 2010.
La reconstrucción histórica incluida en el informe mostró una tendencia general de aumento con algunos descensos parciales. En 2010, la pobreza alcanzaba al 45,2% de los niños y adolescentes. Después bajó en 2011 y 2012, cuando marcó 35,7% y 38,4%, respectivamente, aunque más tarde retomó una curva de deterioro casi continua, con valores cercanos al 64% y 65% en 2020 y 2021. El máximo de la serie se registró en 2023, con 62,9%.
Sobre esa evolución, la UCA sostuvo que la mejora observada en 2024 y 2025 fue importante, pero insuficiente si se la compara con el recorrido completo. En el mismo sentido, el informe remarcó: “El nivel sigue siendo muy superior al de 2010 y, por supuesto, al de los mejores años de la década pasada”.
La indigencia tuvo un comportamiento parecido, aunque con cambios más bruscos. En 2010 alcanzaba al 11,4%, luego cayó a 8% en 2011 y 2012, y después retomó un sendero de subas hasta llegar a 17,7% en 2024, el valor más alto de toda la serie. En 2025, en cambio, retrocedió a 10,7%, un nivel que, según el trabajo, la acerca a los registros de 2017 y 2018.
Salud, vivienda y vestimenta también mostraron privaciones persistentes
Además de la alimentación, la investigación relevó otras carencias que siguieron afectando a la infancia durante 2025. Una de las más visibles fue el acceso a la salud: el 19,8% de los niños y adolescentes dejó de asistir al médico, al odontólogo o a ambos por motivos económicos. El informe destacó especialmente el retraso en controles odontológicos y señaló: “La atención odontológica es la más postergada, lo que evidencia una deuda histórica de las políticas sanitarias con la salud bucal, a pesar de su impacto en la nutrición, la autoestima y la calidad de vida”.
Las condiciones habitacionales también aparecieron entre los puntos críticos. Según el reporte, el 18,1% de los chicos vivió en viviendas precarias y el 20,9% lo hizo en situación de hacinamiento. A eso se sumó otra carencia estructural: el 42% residió en hogares sin saneamiento adecuado.
En paralelo, el 37,5% de los niños y adolescentes atravesó privaciones en vestimenta. El trabajo remarcó que esa falta no solo expresa una dificultad material, sino que también puede tener efectos emocionales asociados a esa carencia. Así, el cuadro social no se limitó al ingreso o a la comida, sino que mostró problemas en varias dimensiones al mismo tiempo.
Ianina Tuñón, investigadora del ODSA, explicó: “Estas políticas no fueron diseñadas para cubrir por completo los ingresos de los hogares, sino para equiparar el salario familiar de un trabajador formal con el de uno informal. Por eso, es clave mejorar las condiciones laborales de los adultos”. El informe también vinculó este escenario con cambios demográficos y puso el foco en la caída de la natalidad como otra señal del impacto de la crisis social sobre las decisiones familiares.

